Δευτέρα, 27 Φεβρουαρίου 2012

Adrián González da Costa












I
La calle es larga como un día triste.
Hombres con la sonrisa de algodón
y mujeres fantásticas se cruzan
- viene de lejos, van a donde van -
conmigo. No. No me pregunten nada.
Me miran todos como si llevase
noticias del Señor en las pupilas.
Y no ven que en el pecho traigo un llanto,
un llanto atravesado, aquí, en el pecho.
Ayer era feliz, pero acabo.
Felicidad como un anillo de oro
que me encontrara por la calle a solas.
Vino su dueño a preguntar por él.
Vino su dueño a preguntar por él.

II
Todas las noches sueño que soy otro.
Y todos los días amanezco igual.
Por lejos que se adentren mis navíos
perdidos de mi sueño en la procura
nocturna de naciones y de emporios,
cada mañana soy el mismo hombre.
¿Los perfumes, las sedas que adquirí,
palmo a palmo, en las tiendas, y las joyas
pagadas que embarque amaneciendo,
en dónde están? ¿En dónde esa riqueza
al despertarme? ¿Dónde esta ese amor?
¿Soñar? No. Ya no quiero soñar más.
Ardieran mis navíos hasta el último.
Rabia de no ser sueño, como todo.

III
He cerrado la puerta y he, sin prisas,
bajado uno a uno los peldaños
de la misma calle, con el mismo
naranjo ante el portal, podrido y pobre.
Vivo en el mismo cuarto desde siempre.
Siempre bajo a beber al mismo bar.
Y no importa qué mude, sigue así.
Si cambiara de cuarto, de escalera,
sólo habría cambiado de escalera,
de cuarto. El resto nunca muda, sigue
dentro de mi cabeza, como antes.
No sé qué hacer, adónde ir, ni cómo.
Llevo días pensando obsesionado.

IV
Tengo los ojos llenos de recuerdos.
Adondequiera que la vista vuelva,
como quien mira a través de gafas
con una mancha en el cristal, el mundo
presenta inconfundible un sello fijo:
la imagen de tu rostro sonriéndome.
De tal manera vivo obsesionado
con tu cara, que toda cara es tuya,
similar más o menos, parecida
hasta la confusión y el gesto idéntico.
Saludo con sorpresa al transeúnte
que no conozco, y voy hablando a solas
por la calle, hundiéndome en un mar
de rostros que son uno y es el tuyo.

V
Esta manera de actuar, de estar,
continuamente, repasando paginas,

removiendo cenizas, y quejándome.
Esta manera de vivir muriendo
sin llegar a la muerte por el fin
sino por el principio, recordando.
Esta manera inútil, silenciosa,
de examinar los hechos de mi vida,
y encontrarme ridículo por todo.
Ridículo por cuando fui ridículo.
Ridículo por cuando no lo fui.
Y tendría, tal vez, que haberlo sido.
Como quien mira una desgracia ajena
y se conmueve, miro hoy mi vida
y me conmueve, asombrado y trágico.
Espectador con ganas de marcharse
al que amarraron a la silla, huésped
invitado a cenar su propio vómito.

VI
Me vigilan las sabanas más hondas.
los senos más hermosos con su púrpura,
las curvas imposibles de unos muslos.
Me señalan las voces de unos labios,
el salitre moreno del insomnio,
el aroma que rompe los sentidos.
Me persiguen las horas y las noches
que he pasado a tu vera
a través de las horas y las noches.
En las salas vacías de mis sueños,
tus tacones resuenan claramente.

VII
Hay un murmullo nítido en tu ausencia.
Prende de tu perfume, entre las cosas,
y poco a poco va creciendo, lento,
hasta cubrir de crepitar el aire,
hasta quemar el aire en los pulmones.
Nada le sobrevive a tu palabra
de despedida, al cierre repentino
de la puerta, al portazo de tus adiós.
No sé lo que te llevas - si lo llevas -
o qué te sigue - si te sigue algo -,
pero al verse alejar tus hombros, sudo.
Y los lirios murmuran marchitándose.

VIII
Tú ya sabes que yo, como no leo
periódicos ni escucho las tertulias
insomnes de la radio, acostumbro
a creer religiosamente cuanto
cuentan tus ojos en el bar de Indias.
El café de ese bar no es un café,
es otro mandamiento - tuyo y mío -.
Un acto en el que Dios a veces viene
vestido de muchacho y nos pregunta
se querríamos algo, alguna cosa,
azúcar, por ejemplo.
Cuestión esta
a la que juntos, riendo, respondemos
que no queremos nada por ahora,
que nuestra vida es dulce, dulce, dulce.





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